jueves, 25 de agosto de 2011

Guillermo Fernández-Cuartero y Pons, ex Director General de Carreteras.




Es hijo de un capitán cordobés de la Guardia Civil que estuvo destinado en Cáceres y de una menorquina empeñada en recorrer la Península en tren y en surcar parte del Mediterráneo en barco hasta llegar a su isla. Allí nace Guillermo el 9 de noviembre de 1924, justo el mismo día en que llega a Mahón en el vientre de su madre. Sus nueve hermanos sufren idéntico proceso. Todos ellos nacen en Mahón, a donde su madre se dirige cada vez que está embarazada y a punto de dar a luz. Sólo su hermana lo hace en la Provincia de Cádiz.

Guillermo Fernández Cuartero y Pons estudia Ingeniería de Caminos y, a mediados de los sesenta, es nombrado Subdirector General de Carreteras, cargo que desempeña durante siete años. En los sesenta, controla los 80.000 kilómetros de rutas que cruzan la España de esa época y conoce las Jefaturas de Obras Públicas de todas las provincias. Luego, es nombrado jefe Provincial de Carreteras de Madrid, cargo que mantiene durante 14 años. Le entrevistamos en junio de 1998, cuando se halla retirado no del todo y confirmamos cómo conserva sus hobbies preferidos: la filología, que estudió por libre, y la música.

- Muchas raíces isleñas le veo yo a usted, pese a haber vivido apenas en Menorca.

- Tenga en cuenta que mi abuelo, médico, era igualmente de Mahón.

- Su madre fue menorquina, pero su padre ¿se identificó con la isla?

- Menorca fue más su patria que Córdoba, en donde había nacido, o Écija, en donde fuera malcriado.

- A pesar de haber nacido en la isla menorquina, sólo un año, el 1933, lo pasa usted excepcionalmente en Mahón. ¿Recuerda usted esta experiencia?

- Por supuesto. Fue inolvidable. Recuerdo que mi padre quería que ingresáramos en un grupo escolar muy moderno pero, cuando vimos lo que decían los maestros, se nos pusieron los pelos de punta. Comentaban que las monjas eran todas unas putas y que los sacerdotes, unos ladrones que envenenaban a los niños. Y nos buscaron un sitio en el colegio de las Doctrinas Cristianas en donde hice excepcionalmente un curso. Mi padre deseaba que estudiáramos en colegios seglares y no quería que los conocimientos científicos, técnicos, gramaticales, se vincularan nunca a la piedad. Tampoco quería que ninguno de nosotros fuera militar. Era, según nos decía, el mayor disgusto que le podíamos dar.

- ¿Tan desengañado estaba de su carrera?

- En Jerez de la Frontera, en donde pasé mi segunda infancia, mi padre, capitán entonces de la Guardia Civil, tuvo un percance político misterioso por supuestas influencias masónicas. Fue en 1932 y estaba muy bien considerado y tratado. Era la autoridad máxima de la ciudad, pero lo detuvieron al ser denunciado anónimamente. Coincidió con la sublevación del General Sanjurjo contra la República. Mi padre se puso en contra de los sublevados. Al poco, se emitía una orden de detención contra él por su “actuación en contra de la República el día de la sublevación de Sanjurjo”, cuando había sido ensalzado en el Ayuntamiento por su actuación republicana. De ahí esa aversión a que sus hijos siguieran su camino militar.

- Lo extraño es que no se hayan podido descubrir a los instigadores de esta acusación.

- En “Memorias de un moderno Abel”, escritas por él mientras estuvo dos meses condenado en El Castillo, en Fuenterrabía, dice que sus propios hermanos le hicieron la traición. Escribió este libro, inédito, de doscientas páginas, para que, cuando sus hijos tuvieran uso de razón, descubrieran que hay que tener las miras más altas que las ordinarias. Pero no nos enteramos de esta obra hasta mucho después de su muerte.

Sus estudios.

- ¿En dónde desarrolló sus estudios?

- Primero, en Vitoria, en donde, a los nueve años, me preparé para el ingreso en el Instituto. Hice segundo curso y parte del tercero. Luego, una vez la guerra comenzada, fui a Lugo, en donde acabé tercero, cuarto, quinto y sexto. Allí me di cuenta de lo que era la ciencia, las matemáticas, la literatura, la gramática etcétera. Me coloqué en cabeza de toda la clase y después de cuarenta años de profesión ejercida, ya no sé qué he hecho, si letras o ciencias.

- ¿Cómo ve usted la separación entre los estudios de letras y ciencias?

- Disparatada. Enseñarle a un niño de tercer curso de bachillerato lo que son las derivadas, trigonometría, qué es un coseno o un radián es una barbaridad y no lo puede entender. Yo, que era el mejor de la clase, a duras penas lo entendía.

- Tras terminar el bachillerato, en Lugo, ¿a dónde se dirigió?

- Fuimos a Barcelona en donde destinaron a mi padre. Allí lo terminé, en el Instituto Balmes. El mejor profesor era el de literatura, don Guillermo Díaz Plaja. Yo disfrutaba en clase, tanto en matemáticas como en literatura. Cuando terminé la reválida, en el año 41, y me planteé el problema de elegir carrera, mi padre me dijo que podía hacer lo que me diera la gana, pero me aconsejó un mentor o preceptor, el doctor Roquer, un profesor de la Universidad Central quien me orientó y recomendó que estudiara o Arquitectura o Ingeniería de Caminos. Y decidí esto último. Mi padre consiguió el traslado y yo estudié en Madrid a partir de 1941. En dos cursos conseguí el ingreso. La carrera se desarrolló muy bien y acabé a los 23 años.

“Llegué a controlar 80.000 kilómetros de carreteras”.

- ¿Cuál fue su primer trabajo?

- En una empresa privada en la que me quedé ocho años. Es la misma que había empezado con los trolebuses, en Madrid, Grandes Redes Eléctricas, S.A., que trabajaba para la Empresa Municipal de Transportes. Después me pasé a la división de electrificación de ferrocarriles de toda España. Allí estuve de jefe de Obra en Miranda de Ebro (Burgos), en la electrificación catalana de Reus, en Tarragona, en San Vicente de Galders, y, por último, en Manzanares, (Ciudad Real). Fue un trabajo muy interesante, muy independiente, en el que la empresa depositó en mí toda su confianza. Luego me iban a ofrecer la dirección de la electrificación en Madrid y otros trabajos de la empresa en toda España. Pero yo ya había pedido el regreso al servicio activo, cosa que hice en 1957, y me destinaron a la Jefatura de Obras Públicas de Santander.

- ¿Conoció usted muchas jefaturas?

- Todas. En Santander estuve cuatro años. De allí me marché al Ministerio de la Vivienda, en Madrid, pues cada año trabajaba más y ganaba menos. Ahí estaba como director de proyectos y de construcción de la Gerencia de Urbanización que tenía polígonos en toda España. Recorrí todas las provincias y conocí a gente importante como al arquitecto Julio Cano Laso. En esa época me relacioné con más ingenieros y arquitectos que en toda mi vida. Ganaba dinero porque me pagaban más por los cinco hijos que tenía que por mi trabajo. Esos disparates de la vida...

- A mediados de los sesenta, cambia de nuevo de trabajo y se pasa a las carreteras.


- En efecto, me llamó el director de Carreteras de turno y me propuso ser Subdirector General. Éramos dos subdirectores y fueron siete años muy interesantes. Controlaba los 80.000 kilómetros de carreteras que había en todo el Estado español. En aquel tiempo, el Estado lo hacía todo: las proyectaba, las construía, las conservaba, las explotaba, las ampliaba... Se llevó a cabo la operación Redia que era convertirlas en vías normales pero con mejor trazado, quitando los pasos por las ciudades y ensanchándolas a doce metros, siete de calzada y dos cincuenta a cada lado de arcén, palabra implantada manu militari.

- Y a los siete años, usted va y lo deja todo. ¿Por qué entonces?

- Después de ese tiempo en el mismo puesto y ante la venida de las Comunidades Autónomas ya te aburrías y, además, los dos Subdirectores que había en Carreteras se iban a convertir en cuatro. Perdía valor e interés y se llegó a unos niveles de ordenación y de perfección muy estimables. De manera que no había aquí mucho más que hacer. Y, en 1971, me propusieron un hueco en la Jefatura de Madrid y me nombraron Jefe Provincial de Carreteras, lo que antes se llamaba Jefe de Obras Públicas en dicha provincia. En aquel momento se hicieron coincidir las divisiones de carreteras con las de las Comunidades Autónomas. Cada una de ellas tenía una demarcación de las carreteras del Estado de esa comunidad. En algunas, como en las catalanas, las del Estado se habían cedido en gran parte a la Comunidad Autónoma correspondiente y el Estado se había reservado, además, las grandes líneas de autopistas de peaje o alguna vía muy importante. En otras, había habido una cesión parcial. En cambio, en Álava o en Navarra, el Estado nunca había tenido carreteras.

-¿Aguantó mucho tiempo?

- A los catorce años, me echaron. Me buscaron las vueltas con motivo de la cesión del personal a la Comunidad Autónoma de Madrid. Me quedé apenas sin personal laboral y tenía que atender a los puertos de montaña con dotaciones escasas. Les dije que ya me quedaba poco tiempo de vida activa oficial, ya que se iba a adelantar la jubilación.

Amante de la filología.

- Usted contribuyó también en la elaboración de varios libros, como en el del Diccionario Técnico Vial de la Asociación Técnica de las Carreteras.

- Contribuí a la realización de la versión de ese diccionario, presidiendo la Comisión Delegada al efecto por la Junta Directiva de la Asociación. Lo dirigí y participé en la búsqueda e investigación de las definiciones y en la selección de las palabras aceptadas. Además ayudé en la exploración que se podía hacer con el español en América.

- ¿A qué se dedicó durante su jubilación?

- He dado clases como tutor telefónico para personas que trabajan en empresas constructoras que se dedican a hacer la conservación de las carreteras tanto del Estado como de las Comunidades Autónomas. Hay una fundación que se apoya en empresas privadas para hacer unos cursos COEX (conservación y explotación) por correspondencia y por teléfono. El año pasado tenía más de 600 alumnos en toda España. Era un trabajo muy agradable, con muy buenos libros y una comunicación telefónica fluida. Luego tengo colaboraciones personales privadas, especialmente de la costa de Levante, de amigos que me llaman.

- ¿Es cierto que uno de sus hobbies es la filología?

- Eso empezó en Lugo. Yo era el mejor alumno del profesor don José Filgueira Valverde. Cuando se marchó, vino un profesor que era muy soñador, también gallego, y nos explicaba la etimología de las palabras. A mí me gustaba. Cuando fui a Barcelona, en séptimo curso teníamos un profesor de latín tan bueno que, con 16 años, entendí lo que era la sintaxis. Entendí cómo se articulaba un lenguaje, para qué sirven las preposiciones, las conjunciones, los adverbios. Lo único que tiene sentido es el verbo, el sustantivo, el adjetivo. Son cosas llenas de contenido y, semánticamente, tienen peso. Es lo que da la verdadera faz a las lenguas. Todo eso me caló mucho: el origen, la etimología, el parentesco de las palabras... La verdad es que me hubiera gustado tener una sección en alguna revista. Pero nunca me dediqué a escribir. No tenía inspiración y sí manías perfeccionistas que nunca me dejaban satisfecho. Lo único que escribí es la vida de Jesús para mis hijos.

"Antes de abrazarlos, torpedeé los Cursillos de Cristiandad".

- Otra de sus vivencias fueron los Cursillos de Cristiandad. ¿Cómo llegó a ellos?

- Había llegado, a través de las Congregaciones Marianas, a relacionarme con la Acción Católica, cuando estaba Manuel Aparici Navarro de Consiliario. Estaba yo en el Consejo Superior que había organizado el viaje a Santiago de Compostela y Aparici me propuso que conociera los Cursillos de Cristiandad para organizarlos a nivel nacional desde aquí. Me aconsejó que hablara con Bonnín y con Monseñor Hervás que los habían montado en Mallorca. Me dijo que se trataba de un movimiento seglar muy importante que podía ser un revulsivo para los cristianos españoles. Me apunté a uno y eché un vistazo a los papeles pero no me acabó de convencer. Así que le llevé un poco la contra al Consiliario Nacional. Yo estaba muy liado con la profesión y me pareció que todo eso de cantar “De colores” era un poco monserga. Y los torpedeé. No me gustaba esa palabra de Cristiandad. Pensaba que ya estaba bien de sustantivos grandilocuentes. Así que me hice el rácano. Luego, se lo encargó a otro y funcionó. Diez años después de fallarle, estando yo destinado en Santander, casado y con dos hijos, se dieron unos cursillos de Cristiandad en los que el director de los mismos era el Presidente Nacional de Jóvenes de Acción Católica, Salvador Sánchez Teherán, que acababa de terminar la carrera de Caminos y que más tarde llegó a Ministro de Transportes. Hice esos cursillos y esta vez sí me convencieron.

- Es decir, que la primera vez no le gustan y la segunda, le convencen.

- Los prejuicios impidieron que la primera vez los aprovechara como era debido. Yo había visto las maniobras palaciegas que siempre se dan en todos los sitios. Pero los Cursillos me parecieron muy bien, un movimiento seglar importante. Por ellos pasaron personas muy interesantes a las que tenía un verdadero afecto: el abogado Pastor, director del Museo Municipal de Madrid y presidente de Acción Católica; Miguel García de Madariaga, Ingeniero de Minas; Manolo Sánchez García, catedrático de Derecho Laboral de Madrid...

- Cuándo volvió últimamente a Menorca?

- Hace unos tres años, fui con mi mujer para que la conociera. Ella es segoviana y Menorca le gustó mucho. Cuando mi madre murió, en 1978, comencé a recoger documentos, recuerdos, escritos, canciones, estampas, fotografías... Hablé con la diócesis de Menorca y me dieron documentación. Recopilé nombres y apellidos de pila. Unos, de Menorca; otros, de Baleares; otros, españoles y otros, franceses, así como cosas que mi padre escribió cuando lo procesaron en Jerez de la Frontera. Cosas curiosas, pero sin gran rigor histórico. Y escribí un libro no publicado titulado “Cosas de papá y mamá”. Pero, de hecho, dejé de convivir con los menorquines.

- ¿En dónde le gustaría que le enterraran, una vez muerto?

- Me da igual, en cualquier sitio.

- ¿Ser enterrado o incinerado?

- Me es indiferente. Como crean más cómodo, más sencillo y más práctico. Yo creo en la naturaleza y creo en Dios. Pero amo al ser humano. Y no haría otra cosa que impedir el sufrimiento. El patriotismo que he sentido de niño, el amor a la tierra chica no me coloca en el disparadero de despreciar a nadie por ser de otra cultura, de otra raza, de otra religión. Lo que sea cristiano y no sea humano no es cristiano. La prueba de fuego del cristianismo es la humanidad.

2 comentarios:

  1. ¿Cómo es que estas entrevistas se publican ahora? ¡Qué contenido tan bueno!

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    1. Gracias, Poppyu, por tu comentario. Parte de estas Entrevistas a isleños en Madrid fueron publicdas a su debido tiempo en un periódico de la isla. Luego, las he recogido y vuelto a publicar en este blog. Y, por lo visto, han tenido más eco y muchas personas pueden ahora leerlas desde cualquier lugar del mundo.

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