viernes, 1 de julio de 2011

Victorino Anguera (V) Dalí y Miró.


- A usted siempre le ha gustado el mundo de la intelectualidad y de la pintura. Fue durante su estancia en Gerona cuando conoció a Dalí. ¿Qué le pareció su personalidad?

- Dalí era un genio. Valía la pena conocerle al margen de su mundo exterior para el que guardaba una desconcertante pose daliniana. Buen conversador, culto, ocurrente...

- Usted, como funcionario del Estado, se entendió muy bien con su personalidad.

- Efectivamente, la construcción del Museo Dalí en Figueras fue la piedra de toque de estas relaciones. Las genialidades del maestro tenían que contrastar con la fiscalización del gasto y esto al pintor le parecía soberanamente aburrido. En aquellos tiempos contaban, y él no me lo había desmentido nunca, que había hippies que llegaban allí y, al verle dando un paseo, le decían: “Maestro, nos gustaría vuestro magisterio”. Dalí les preguntaba: “Pero ¿qué mangeu?” (¿Qué coméis?). “Ah, nada, nada –le respondían ellos–. Unas verduras, y unas frutas”… “Dons, fot al camp” –les contestaba entonces el maestro–, que si en guesiu dit ’ostres, caviar i Moet et Chardon, aixo mun regalen, pero lo atre u teng que comprar. (“Entonces, largaos, que si me hubierais dicho ostras, caviar y champán Moet et Chardon, eso me lo regalan, pero lo otro lo tengo que comprar”)

- ¿Era tan loco como parecía o formaba sólo parte de su imagen?

- Era una persona de una cabeza excepcionalmente amueblada. Otra cosa era su fachada, su divertimento, sus maneras de comunicarse. Era una fuente de energía publicitaria. Recuerdo que se organizó un homenaje a Porcioles y a Dalí, como dos ampurdaneses ilustres. Y, en el momento de los parlamentos, Porcioles, que, a pesar de un ligero tartamudeo, era un gran orador, empezó dando las gracias por el homenaje. “Nosotros somos gente creativa: el maestro Dalí, un gran creador pictórico; yo, en mi modestia, un creador jurídico. Ambos, del Ampurdán, y ambos, hijos de un notario”... Fue el momento en que Dalí se levantó para aclarar: “De dos notarios, señor Porciones”.

- Otros aspectos de su personalidad no resultan, sin embargo, tan ocurrentes.

- Yo estoy convencido de que todas las referencias al “Avida dólar”, como si fuese un catalán cazadólares, eran un invento de sus enemigos y que él jamás se interesó por los temas económicos. Otra cosa era Gala. La última vez que le vi ya era un viejecillo y yo ya estaba muy integrado en mi vida privada. Fue en el aeropuerto de Ginebra y, cuando me divisó, a treinta metros, me saludó con los brazos en alto y con gritos de “Señor Gobernador”.

- Me hablaba al principio de Joan Pons, otro personaje del que guarda un recuerdo extraordinario.

- Ganó la bienal de Sao Paulo. Y parece que iba vestido tan extrañamente que lo internaron o se internó en una clínica siquiátrica desde la que mandó un telegrama a Dalí: “Estic a la clínica de Sao Paulo. Io soc un profesional. Vos sois un amateur”. (“Estoy en la clínica de Sao Paulo. Yo soy un profesional. Vos, sois un amateur”) Vendió su casa de Camp Rodons y se fue al Sur, a la costa de Málaga, en donde murió muy prematuramente.

- ¿Conoció también a Joan Miró?

- Siempre me interesó y me gustó muchísimo su obra. Mi madre había estudiado con Pilar Juncosa, su esposa. Y amigos comunes, como Pedro Serra y Josep Meliá, me ayudaron mucho a entrar en contacto con él. En aquellos momentos, había mucho interés para que Miró, dentro de su independencia intelectual, pudiera ser parte de la simbología de la nueva España que alumbraba la transición, y el Gobierno estaba interesado en reconocerle los méritos universales de su obra y quería que aceptara la distinción sin sentirse instrumentalizado. Yo, que en ese momento era Subsecretario de la Seguridad Social en Madrid, recibí el encargo de entrar en contacto con él. La verdad es que estuvo muy amabilísimo y muy receptivo. Fue el Rey quien después le otorgó una distinción. Uno de los valores que la Corona y el Gobierno de Adolfo Suárez incorporaron fue la recuperación de todos los españoles importantes en todos los órdenes, y muy especialmente en el cultural.

- Miró era totalmente diferente a Dalí.

- En efecto, todo lo que era exceso de expresión de Dalí, se convertía en Miró en pura introversión. Hablar con él era hacerlo con una persona enormemente afable, callada, con la voz un poco apagada, pero con cosas importantes que decir. Estando con él, tenías que ser muy cuidadoso en romper los silencios. No sabías si realmente no quería o no podía hablar, o si estaba meditando algo. Y tenías un cierto pudor en si tu pregunta le iba a interrumpir.

Mañana: Victorino Anguera (y VI): Totalmente mediterráneo

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