miércoles, 29 de junio de 2011

Victoriano Anguera. (III) El instinto del cambio y su etapa política.


El Gobernador Civil y Jefe Provincial del Movimiento de Gerona, Victorino Anguera, inaugura el 19 de septiembre de 1972 el abastecimiento de agua potable en Cadaqués.


Si en algo están de acuerdo quienes trataron a Anguera Sansó fue en que murió como vivió: con discreción. Tras la victoria de la UCD, el ministro de Sanidad, Enrique Sánchez de León, su amigo del alma desde los tiempos del Colegio Mayor José Antonio, en Madrid, le nombró subsecretario de Seguridad Social y le encomendó la tarea de reestructurar el organismo con las tres figuras que aún hoy, con ligeras variaciones, se mantienen: el Insalud, el Instituto Nacional de la Seguridad Social y el Imserso. Anguera tenía tablas para acometer la tarea. Antes de llegar a Asturias como gobernador civil, este mallorquín se había recorrido buena parte de la geografía española en distintos puestos. Fue inspector de Trabajo en Guipúzcoa, Ceuta y Melilla; delegado de Trabajo de Castellón, Valencia y Barcelona y gobernador civil de Gerona (1969-1974). Durante su estancia en Asturias, quienes le trataron aseguran que no se arrugó ante las dificultades en aquellos años de la Transición. Subrayan que se preocupó por conocer los problemas de aquella Asturias de los setenta, y si un término definía a aquel joven de aspecto atlético, era el de «suarista». Lo corrobora el abogado asturiano, Francisco Ballesteros, en 1974 subsecretario general del Movimiento. Ballesteros era devoto del asturiano Torcuato Fernández-Miranda y el mallorquín apoyaba ciegamente al avileño que capitaneó la Transición.

Quienes le conocieron de cerca aseguran que trató con mano izquierda a quienes alteraban el frágil equilibrio social. Era hombre tranquilo, de despacho, de exquisitos modales, que ganaba en las distancias cortas. Simpático con sus amigos, pero algo distante en público. Así lo definen Enrique Sánchez de León y Jesús Ladero, jefe de Recursos a la sazón en el Ministerio de Trabajo. Florentino Quirós, el hostelero ovetense y actual propietario de la Cava de Floro, le sirvió más de una fabada en un anterior negocio. Al personal del restaurante le fascinaban las buenas formas del matrimonio Anguera-Gual, padres de cinco hijos. En Madrid la familia se instaló en la colonia de El Viso. En 1978, una crisis de Gobierno obligó a Sánchez de León a cesarle. Anguera se retiró de la política y se dedicó a la abogacía en un despacho abierto en Madrid. Una vez a la semana acudía a la cita con el club Rotario de Madrid-Puerta de Hierro. A él se le debe que, en 2009, el Ministerio del Interior separase en el Registro a rotarios y masones, como señala Bernardo Rabassa. A esas reuniones de rotarios no faltaba Sánchez de León, que recibió como un mazazo la muerte de su amigo. “Tuvimos vidas paralelas. Nos casamos el mismo año, hicimos la misma oposición, igual número de hijos”... En la entrevista que mantuve con él en el 2000, le preguntaba por su etapa política.

“La política –me contestaba–, en la época en la que yo viví, nació con el Frente de Juventudes. A mí me cazaron por el fútbol. Jugaba de defensa cuando estudiaba con los Jesuitas y luego tuve oportunidad de seguir jugando en unas competiciones. El fútbol me sigue gustando pero ya no juego. Los médicos me presionan para que haga cierto deporte. Lo político y la política me siguen fascinando. Ahora estoy, como Ortega, de espectador. Pasé catorce años en la vida pública. Pienso en ello y ahí están. Pero ni estoy anclado en el pasado ni renuncio a nada".

- ¿De qué manera contribuyó usted a la Reforma?

- Personalmente, siempre me he sentido un reformista. Por ello aprecio en todo su valor el periodo histórico de la Transición. Pienso que es bueno que la gente se sienta alguna vez servidora del Estado o de la sociedad, aunque, en algún momento, hay que decir: “Ahí termina un ciclo vital y empiezo otro”. Sobre todo porque creo que esto que se llama el “instinto del cambio” tiene que operar activa y pasivamente. De la misma manera que creo que la sociedad tira a los gobernantes que ya duran mucho. Una vez aprobada la Constitución y prácticamente embocada la Transición, yo quería ocuparme de las cosa profesionales y lo he hecho plenamente, sin llegar a padecer nunca el llamado síndrome de abstinencia política. Se podrá o no estar de acuerdo, pero La Corona, Adolfo Suárez y muchas personas que estuvimos colaborando honestamente y después nos marchamos voluntariamente a casa, a nuestras profesiones y a nuestros trabajos, contribuimos a la gran Reforma en la que se asienta la sociedad democrática de la España del siglo XXI.

- ¿Cuándo comenzó propiamente su carrera política?

- En noviembre de 1969, al pasar de Delegado de Trabajo de Barcelona a Gobernador de Girona. Era joven, con ese entusiasmo que te hace trabajar con ilusión y también cometer errores. Es el momento en que surgen en mi vida personajes como Dalí, Pla, Miguel Mateu o Joan Pons, cuyo conocimiento y trato es enriquecedor. Allí pasé cinco años y después, me dirigí a Asturias

- ¿También de Gobernador?

- Efectivamente. Tuve la suerte de encajar con el temperamento asturiano. Eran unos años complicados en los que las formas dialogantes te permitían tender puentes, estar informado y conocer los puntos de vista no coincidentes de mucha gente que después fue actora importante en la Transición. Allí estaban Carlos Arias, presidente en aquellos momentos del Gobierno; Torcuato Fernández Miranda, presidente de las Cortes; Sabino Fernández Campos, secretario de la Casa Real; el Ministro Alejandro Fernández Sordo; Alfonso Álvarez Miranda, Antonio Valdés y otros ministros y personajes que, en aquellos tiempos, definían el tempus político. De Asturias guardo unos recuerdos muy agradables. Fueron unos años en que ser joven te ayudaba mucho. Y procuré, con mayor o peor fortuna, ser equidistante de cualquier ideología. Algo muy difícil y a veces no era comprendido. Pero, el paso por la vida pública siempre fue muy gratificante. Algunos me dicen que a mí las cosas me han ido profesionalmente muy bien. Por eso no tengo rencores ocultos.

Mañana: (IV) Para ser banquero o poeta se tiene que nacer como tal.

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