viernes, 13 de mayo de 2011

Juan Santamaría. (IV) Su paso por Madrid.

(Lamentamos el fallo técnico que impidiera ayer la normal continuación de este capítulo. Una vez subsanado, proseguimos hoy las entrevistas con isleños en Madrid)




- Usted tiene la reputación de ser un enamorado de Madrid y un poco renegado de la Mallorca catalanista.

- Nada más lejos de la verdad, aunque es cierto que estoy muy enfadado con los mallorquines porque están vendiendo la isla a los alemanes. La tierra se puede cultivar, negociar, alquilar, explotar de mil maneras. Cierto que los alemanes pueden hacerse con todo. Pero, si los mallorquines pensaran un poco, se darían cuenta de que la tierra ni tiene precio ni puede venderse. Claro que, al paso que van, dentro de cincuenta años serán los criados de los alemanes, o sus perros, atados con cadenas. Esto puede ser pan de hoy y hambre para mañana.

- En Madrid, en donde reside durante más de veinte de años, ¿continúa usted sintiéndose mallorquín?

- El funcionamiento económico de Madrid, que es una gran ciudad que adoro, estaba basada en dos polos importantes: la población madrileña, la banca, la gran empresa, las compañías de seguros, etcétera que hoy siguen; y el Madrid derivado de la gran población flotante que la visitaba durante dos o tres días para arreglar cualquier cosa de tipo burocrático, puesto que todo estaba centralizado en ella. Ahora ya no hay que venir aquí para nada. Cualquier cosa se tramita en los gobiernos autónomos. Al amparo de ese segundo Madrid, había mucho teatro, mucho comercio, mucho restaurante y una vida de noche que ha desaparecido. Ha sucedido algo que está bien para el conjunto del país pero que a Madrid le ha perjudicado. Y Madrid ha pasado unos años muy difíciles. De golpe y porrazo, la economía particular se ha perdido; se han cerrado comercios, restaurantes; la pequeña industria ha tenido que evolucionar... El arte, al contrario de antes, cuando, si no se estrenaba una obra en la capital del reino, no se tenía éxito en el resto de España, ya no es tan importante. Hoy en día se estrena en Valencia, en Bilbao, y no pasa nada. Pero Madrid es un gran pueblo y puede mucho. Y aquí están estos madrileños y la gran mayoría que no lo somos, peleando por Madrid. Pero vayamos a su pregunta. Yo me siento muy madrileño y de cuna mallorquina. La prueba de ello es que he cocinado en Tokio, en Estambul y en Atenas y los platos de más éxito han sido los de clara inspiración mallorquina. Me siento muy mallorquín por la cocina, por el habla y por las buenas amistades mallorquinas que hay en Madrid. Lo único que ocurre es que mi vida se desarrolla aquí.

- Y aquí desarrolla usted sus dotes artísticas, hermanándolas con su carrera, su trayectoria personal y su labor de empresario. Sobre todo en televisión.

- La verdad es que, en 1981, yo llevaba un carrerón en Televisión. Bien es cierto que nadie me regaló nada. Entré a trabajar por mis propios esfuerzos y nunca creí que fuera un monstruo por estar en pantalla los domingos a las siete de la tarde y presentar “625 líneas”, un programa visto por veinte millones de españoles. Pero, cuando los socialistas ganaron el poder, cambió la directiva de Televisión. La nueva entró con mucho miedo de que, los que estábamos en pantalla y los que escribíamos, pudiéramos, de alguna manera, trastocar ese poder que ellos habían conseguido. Y utilizaron los comisarios políticos. Pero no iban a arruinar las arcas de la casa echándonos con indemnizaciones millonarias. Así que eligieron mandarnos a la inactividad, al “pasillo”, sin que pudiéramos hacer absolutamente nada. Sin darnos el más mínimo aliciente de un trabajo. Yo me he tirado meses sin ir a Televisión, cobrando puntualmente de ella. Y cada vez que me llegaba el sueldo a través del banco, me daba una vergüenza tremenda. Pero, a la vez, aquello era como una coz de burra.

- ¿Y los sindicatos?

- Los sindicatos no nos hacían ni puñetero caso. Estaban muy calladitos y, en esa época, nadie tenía el puesto de trabajo seguro. Mi única forma de lucha era presentarme todos los días a las nueve de la mañana en el despacho del director de personal a pedir trabajo. Hasta que, por fin, un día me dieron un destino en la gerencia de publicidad en Televisión Española Allí me encontré con un personaje nefasto, sudamericano, lleno de complejos y de lo más deleznable que se podía uno echarse a la cara, como profesional, que me prohibió hacer cualquier cosa. Llegaron a prohibirme hasta que me sentara en una mesa porque no tenía ninguna función que pudiera desempeñar. Así que me pasaba el tiempo de pie, en el pasillo. Y, en una ocasión, llegamos a las manos. Florencio Solchaga, a quien habían metido en un cuarto oscuro por el hecho de haber dado el parte médico diario de Franco, y yo, negociamos el mismo día, nuestra salida de Televisión. Cuando Florencio salió de aquel despacho estaba verde, con lágrimas que le asomaban en los ojos y una rabia contenida.

- ¿Por qué razón iban a por usted, si no estaba en contra ni a favor del PSOE?

- Porque mi imagen era conocida a través de la pantalla. Y todo lo que pudiera recordar a épocas anteriores tenía que ser apartado. Una locutora de informativos que presentaba un informativo semanal muy importante, la cual todavía está en candelero pero ya no en Televisión, llegó a decir, en el momento de oír mi voz en off: “Pero todavía hay voces del franquismo funcionando en esta casa?”

- En octubre de 1992, tras una larga y penosa lucha con toda clase de zancadillas, le dieron el finiquito ¿Cuál fue su precio?

- Zancadillas, desprecios e infructuosos años, ahogados, según explico en el libro “Arroces, experiencias y recetas varias”, en la más completa inutilidad. Me dieron doce millones. Pero yo sigo preguntándome quiénes eran aquellas personas, hombres y mujeres, nombrados jefes por el dedo de la amistad o afinidad política, aquellas personas capaces de condenar a sus semejantes al más absoluto ostracismo profesional.

Mañana: Juan Santamaría (V) Entre pucheros

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